23 junio 2009

Up


Si las películas pudiesen tener texturas y sabores -alguien me dirá que sí los tienen, y yo no sería quién de quitarles la razón-, "Up" sería una nube, una de esas golosinas que sólo un niño es capaz de comer por su gomoso tacto pero que regala a los que consiguen superar esa sensación unos segundos de regreso a un tiempo que ya no existe. Muy dulce y muy suave, la nube se pega al paladar y no se parece a casi ninguna otra cosa.

Pixar regala cuentos de hadas divertidos y tiernos, imaginativos a ratos, casi siempre graciosos, de primoroso acabado estético. "Up" se nutre de la emoción sencilla, el sueño de subir a una casa y volar como hizo Dorothy, y pensar que los perros son, como siempre habíamos sospechado, bastante tontos. Pero tienen buen corazón.

17 junio 2009

The Shootist. Apuntes rápidos.


Carson City no tiene cuatro casas, un saloon y una barbería dispuestas a lo largo de un camino polvoriento. Tiene varias calles, algunos edificios altos y gente que pasea. Amigo, cuando el viejo Oeste toca a su fin, hasta los pueblos de mala muerte crecen.

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Cohabitan coches de caballos y de motor. Hay un tranvía que recorre una única vía y de él tira un viejo y cansado caballo.


Las pensiones ya no están llenas de chinches. Las hay como la de Lauren (Bacall), decente y limpia.

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Sin duda cuando Ed Harris rodó Appaloosa y esos calmados desayunos tuvo que haber visto, por fuerza, los que comparten el acabado John (Wayne) y la digna Lauren (Bacall). En la mesa del desayuno, aunque esto parezca un western, la cámara se detiene y la gente habla. Habla mucho en toda la película, de hecho.


Siegel bebió de los clásicos pero no es uno de la vieja escuela. Cuando sigue a John (Wayne) y James (Stewart) por el pasillo, lo hace cámara al hombro. Y cuando el último pistolero vivo elige su forma de morir, aquello ya es casi un thriller. Espejos, intriga, música nerviosa de Berstein.

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El sheriff no tiene por qué ser valiente. Ni siquiera un mercenario ahora al servicio de la comunidad. De hecho, hasta puede ser un cretino.

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Qué paradoja que sean otros personajes de John (Wayne) los que, a través de imágenes de archivo, sirven de presentación para J. B. Books.

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No es que sea muy común mostrar el saloon con un travelling tras la barra... pero es que nadie ha dicho que esta fuese una película corriente.


03 junio 2009

C' est pas moi, je le jure!

La han titulado en inglés It is not me, I swear!, respetando con esa literalidad en la traducción la particularidad de una película que intenta alejarse de lo convencional incluso en su título, tan personal e interpelativo.

Philippe Falardeau dirige la que ha sido una de las películas de mayor repercusión en Canadá en el último año, con una fructífera trayectoria en el circuito internacional de festivales. Asisto absorta a un ejercicio interesante y frustrante a partes iguales: la del visionado de una película que quiere ser determinadas cosas y no llega a acercarse, permaneciendo en un indefinido limbo. Hay evocación de la infancia, pero no es una película nostálgica. A ratos aspira a fabular, pero se queda en la línea que bordea lo real y tangible. Se pierde en disquisiciones poéticas, pero no consigue enlazar dos versos. Hay un eco al primer Lasse Hallström pero carece de la pureza de aquel. Nos obsequia con hermosos fotogramas y los resuelve con la realización y el montaje más torpe posible. El guión, casi circular, engarza secuencias sin hacerlas crecer, hasta caer en un cierto letargo. Lo que sí logra en un número considerable de ocasiones es hacernos sonreir.

El quid del discreto encanto de C' est pas moi, je le jure! es quizá su falta de complejos para contar lo que se quiere contar sin saber exactamente cómo hacerlo, asumiendo la limitación en las formas pero no así en la emoción, y dejándolo todo en manos de la mirada frágil de Antoine L' Écuyer. Tratando de acercarse a ese terreno entre el humor y la melancolía que un Buster Keaton o un Charlot supieron hacer suyos, el director nos ofrece otra mirada más hacia el universo del niño... aunque sea el de uno empecinado en suicidarse. Eso sí, siempre de manera muy graciosa.

01 junio 2009

Terminator Salvation. Un domingo en el mall.


Kevin Smith titulaba Mallrats a esa película suya que va precisamente de eso: de las "ratas del centro comercial". Es decir, de las legiones de adolescentes en Norteamérica que han convertido el centro comercial (el mall) en su lugar de ocio, el punto natural de encuentro, el sitio donde pasar la tarde, comer palomitas, hamburguesas y perritos calientes, ligar y ver cine.

Ya hace un par de décadas que ese modelo ha traspasado fronteras y hoy cualquier ciudad europea -y por supuesto las españolas- tiene un centro comercial construido a imagen y semejanza del mall americano. Todavía sobreviven cines a la vieja usanza pero son ya tan pocos que los observamos con una mezcla de nostalgia, lástima infinita y sobre todo, extrañeza, como quien contempla a un animal hermoso en peligro de extinción. Aquí, donde vivo, existe también esa dualidad: un viejo cine que malvive en pleno centro y un gran complejo cinematográfico a las afueras, quintaesencia del mall con pinta de sobrevivir bastantes años más. Sobra decir a estas alturas que este modelo de consumo ha transformado el cine tal y como lo conocían las generaciones anteriores, ha cambiado el tipo de películas que se hacen y cómo se venden, y ha reconducido a la industria de Hollywood hacia el sector que abarrota esas salas: las ratas del mall. Dicho, claro está, con todo el cariño.

Pero me pierdo en divagaciones. Lo que venía a cuento es que hoy he intentado convertirme en una rata de mall, mimetizándome con el entorno, aunque he fracasado por culpa del peregrino y absurdo horario de autobuses. El plan era claro: programa doble, Terminator Salvation y Star Trek, con una (¡obligatoria!) degustación entre pase y pase de comida rápida. Comida rápida de verdad, de la realmente rápida, de la peor. Pero la cosa se truncó y se quedó sólo en el visionado de la primera de ellas.

Miren por dónde, Terminator Salvation me sirve en cierto modo como paradigma de toda esta transformación presenciada a lo largo de mi vida. En los ochenta Terminator todavía era una película de ciencia ficción. Sí, ciencia ficción entendida al estilo de su década, no a la de Stanislaw Lem; ciencia ficción con sus efectos especiales, su protagonista de cine de mamporros, su look ochentero, todo lo que quieran. Pero todavía "iba de eso". Personalmente me gusta esa primera película de Cameron e incluso la muy alocada y a ratos hortera segunda parte, aquella donde la muchachada alucinaba en colores con lo malísimo que era Robert Patrick, con lo guapete que era Edward Furlong, con la música jevarra y con el terminator malo volviéndose líquido... ¡o lo que quisiera! Era peor, pero con más adrenalina. Nuevos vientos.

No sé si alguien recuerda la tercera parte. Podríamos olvidarla sin problema alguno. Ni la vieron demasiados ni trascenderá lo más mínimo, a pesar de la rubia.

Ahora llega Terminator Salvation, más de veinticinco años después de aquello, y la protagoniza Christian Bale. Que ya no es el Bale de hace tres años, ahora es una estrella de las de verdad. Buscaban a un tipo carismático para hacer de John Connor. En la cuarta de la saga no está Schwarzenegger; no hay ciencia ficción, hay acción. Acción a destajo, en plan salvaje. El mundo del videojuego, del cómic y una cierta esencia de todas las películas del ramo de la última década se han metido en la saga llenándolo todo, y haciéndonos abrir los ojos con asombro al ver cómo la industria, una vez más, sabe reinterpretar, deglutir y devolver al espectador todo lo que se cuece en cada momento con precisión milimétrica. Su espíritu remite al pasado, la saga se fagocita a sí misma y se vuelve autoreferencial, en un ejercicio infinito que, cada vez más, presenciamos a diario en las franquicias americanas.

Ah, ¿y de cine qué? Bueno. De eso hablamos otro día. Pero no vean cómo me lo he pasado.

18 mayo 2009

Wendy and Lucy


Wendy y su perra Lucy vagan por alguna ciudad del estado de Washington. Wendy desea llegar a Alaska.

Es francamente difícil construir una película emocionalmente rica cuando se sustenta sobre una anécdota tan ínfima como lo hace Wendy and Lucy, y sin embargo lo consigue. En cierto modo, la película de Kelly Reichardt me arrastró al visionado de la última de Carlos Sorín, La ventana, que también era absolutamente mínima en su concepción argumental.

Sin embargo, allí donde Sorín apostaba por la contemplación y una cuidadosa elección de lo que enmarcarían los límites de cada fotograma, Reichardt apuesta por una inquieta, activa, milimétrica y muy interesante mirada sobre su casi inexistente historia, convirtiendo la anécdota en una experiencia visual desnuda, árida y hermosa. Escenas nocturnas grabadas con su luz natural, cuidadosa elección de la banda de sonido, complejos y bellísimos travellings, infinitos primeros planos de una Michelle Williams menos glamurosa, más desesperada y más guapa que nunca, en pleno estado de gracia, devorando la pantalla.

De Wendy llegamos a saber muy poco, aunque hay espacio para aportar lo que voluntariamente nuestro cerebro desee imaginar.

De Lucy sabemos que el hogar está donde ella está.

16 mayo 2009

Sunshine cleaning

No hace mucho disertaba por aquí sobre aquello de la independencia en el cine.

Hay un lugar que es, por excelencia, el bastión de los indies de este lado del charco: Sundance. Nacido del empeño personal de Robert Redford, con el tiempo este festival se ha convertido en una especie de marca, una etiqueta que identifica un cierto producto, un estilo de hacer cine. También, inevitablemente, a su sombra se han alumbrado muchas películas que han entendido o canalizado de manera equivocada ese mensaje, convirtiéndose en sí mismas en puros clichés. Clichés indies.

Sunshine cleaning, perpetrada por Christine Jeffs y Megan Holley (directora y guionista, respectivamente), podría ser un trasunto de ese género malentendido. Sobra voluntad, buenos sentimientos, intención de conocer y explorar a sus personajes con honestidad y cariño, pero falta lo más importante: una película no es sólo una buena idea, ni siquiera una realmente buena, como lo es la premisa que aquí toman. Una empresa familiar dedicada a dejar relucientes escenas de crímenes y suicidios es un punto de partida estupendo pero, desgraciadamente, entremientras, tiene que suceder algo más.

Amy Adams busca su sitio con esa frágil Rose. Una esforzada Emily Blunt pasea su bello rostro intentando dar credibilidad a esa supuesta niña rebelde que en realidad no se sale ni una coma de lo común. Alan Arkin es Alan Arkin. Y en medio de todo esto, uno mira distraídamente las butacas vecinas para espiar si a ellos les está gustando la película...

09 mayo 2009

Voces distantes


Davies, siempre tejiendo el paso del tiempo. La memoria, los recuerdos, atrapados como instantes congelados en el fotograma. Un retrato de familia verdaderamente sorprendente en concepción y forma, un desafío en el uso del lenguaje cinematográfico que quiebra barreras espaciales y temporales en una única secuencia.

Distant voices, still lives pasa ya de los 20 años de vida y se revela más rompedora que nunca.

08 mayo 2009

Donde haya un cinéfilo, hay una revista...

No hay Dirigido por, Cahiers du Cinema, Nosferatu, Cámara Lenta o siquiera una simple Fotogramas. Pero en cambio hay revistas como ésta. Y su portada ya es toda una declaración de intenciones, de principio a fin.

06 mayo 2009

The Singing Revolution


Estonia es un pequeño país alojado en el corazón del Báltico, con apenas un millón de habitantes. Devorado sucesivamente por los rusos, luego los alemanes y nuevamente por la arrolladora Unión Soviética, su soberanía fue pisoteada y gran parte de su población deportada a Siberia o represaliada.

Sin embargo, durante décadas hubo algo que les mantuvo vivos: su ancestral tradición de cantar unidos. Miles de personas reunidas en un único lugar, entonando a un tiempo. Hasta la tercera parte de la población estonia ha llegado a cantar al unísono en un único recinto, en un acto que para ellos significaba la pervivencia de su cultura y de su identidad como estonios frente al gigante soviético. La reconquista de su soberanía tuvo mucho que ver con sus canciones como pueblo y el camino para lograrlo fue lento y tortuoso, pero no se disparó un mal tiro.

A medio camino entre los Claveles portugueses y los cantos de los esclavos negros en los campos de algodón en América, esta Revolución Cantante es un caso realmente especial y curioso en nuestra historia reciente.

¿Desean aprender más? Busquen The Singing Revolution.

28 abril 2009

El gran Norte Blanco


Las anchas avenidas están numeradas.
De los semáforos cuelgan letreros que indican ONE WAY.
Los bares ofrecen cafés del tamaño de una jarra de cerveza.
Todo el mundo habla en inglés.

Me siento como si estuviese dentro de una película, aunque decididamente no lo estoy. Desde que vivo en Canadá tengo la sensación de que en cualquier momento puede aparecer un subtítulo bajo mis pies. ¿Habeis visto la última de Tom McCarthy, The visitor? En ella Richard Jenkins regresa a su viejo apartamento newyorkino después de 20 años sin haberlo pisado. Yo jamás había habitado una casa entre el Pacífico y las Rocosas, pero lo cierto es que de alguna manera me siento también como en casa, porque sentirse dentro de una película es, en cierta forma, como estar en tu hogar.

Abril ha sido un mes revuelto pero ya que existen cines en la ciudad este callejón se llenará pronto de más fotogramas pegados a la retina.

¡Besos desde el otro lado del charco!

15 abril 2009

Españoladas de repronto

Hacía mucho tiempo que esta felina, declarada seguidora del Doctor Repronto, quería compartir alguna de sus Reflexiones de Repronto con todos vosotros. Y qué mejor para este blog que hablar de ese inasible concepto,

La Españolada

Porque, ¿qué es una españolada? Pinchen y vean.



Cuánta sabiduría, Doctor Repronto.

09 abril 2009

Rebelde sin causa. Apuntes sin motivo.


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Uno de los chicos de la panda de Buzz sigue constantemente las gracias de su jefe. Se llama Dennis Hopper, luce ojos desencajados y una sonrisa desafiante. Es su primer papel en el cine.

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Dean ha pasado la edad de instituto hace mucho, pero sus maneras y su sonrisa son las de un adolescente. Sin embargo Natalie Wood tiene sólo quince años cuando comienzan a rodar, y parece toda una mujer.


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Sal Mineo/Platón guarda en su taquilla una única foto. Es de Alan Ladd, una de las grandes estrellas del cine más olvidadas en la actualidad por los mitómanos.


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¿Platón admira o ama a Jim?


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Una comisaría de policía dividida en varias estancias. Siempre vemos perfectamente a todos los protagonistas compartiendo fotograma. Es la lección de puesta en escena y dominio de la profundidad de campo que Nicholas Ray nos regala nada más arrancar la película.


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Los planetarios son lugares tenebrosos donde uno puede adivinar que no es más que una mota insignificante en el universo.


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La misma carrera de coches, revisitada más de veinte años después, puede llegar a ser divertida.



31 marzo 2009

Dresden, Deustchland


También tienen cines en Dresden.

PD. No, todavía no he aprendido suficiente alemán como para atreverme a entrar.

25 marzo 2009

Programa doble

Antes sucedía con cierta frecuencia. Eso de meterme en un cine y no salir hasta la madrugada, digo. Ahora es excepción pero, cuando esporádicamente ocurre, me siento más feliz que un gato ante un plato de sardinas y con la mente repleta de imágenes que se amontonan.

Ángel de la Cruz hizo en Los muertos van deprisa una especie de Bienvenidos al Norte en versión gallega (involuntariamente, claro). Le ha quedado sólo "bienintencionada", esa palabra que aquí mismo juré que era absurda y no usaría para calificar una película.


Pese al llamativo esfuerzo (evidenciado en los largos créditos iniciales) para reunir fondos, eso no se ha traducido en una historia bien contada. Ni siquiera algunos de sus actores -habituales no sólo de la TVG, también del buen teatro compostelano- consiguen salvar la función, y eso que en otros territorios, como es encima de las tablas de un escenario, nada tienen que envidiar a un Robert de Niro. Pese a la profesionalidad y el cariño depositado en cada escena, convencida como estoy de que además todo Ribadeo se ha volcado en convertirse en ese ficticio Fariño do Mar, todavía está por llegar la producción del pujante audiovisual gallego que consiga conjugar calidad y una amplia respuesta de público.


Una de las preguntas que me hago es sobre el planteamiento mismo de la historia. ¿A quién está destinada Los muertos van deprisa? Si hacemos caso a su enfoque, diríamos que claramente al público no gallego, de forma casi excluyente. El uso de los tópicos sobre el carácter y las supersiticiones en Galicia y los recursos cómicos están pensados para atraer llamando la atención sobre los factores diferenciales. Sin embargo la torpeza e ingenuidad con la que esos aspectos están tratados evita que el público autóctono pueda digerir mínimamente nada de lo que se cuenta.


Harina de otro costal es hablar de Los abrazos rotos. Una película compleja en sus planteamientos, referencias, autoreferencias e infinitos juegos de espejos; también, obviando todo ello, es un plato de sabrosa degustación, con momentos intensos y hermosos, otros cómicos, y otros que se nos antojan el siempre habitual cierre de guión del manchego: capaz de lo mejor y lo peor; es lo que hay.

Es lo que tiene jugársela con el género Almódovar (sí, género, con lo que la palabra implica): uno acepta pulpo como animal doméstico. Y es importante saberlo para disfrutar del juego.

Para el recuerdo me quedo con José Luis Gómez y esa impagable lectora de labios, Lola Dueñas, en una de las escenas más trágicas y a la vez graciosas que haya dado nunca el cine español.

Si ya la han visto y desean desentrañar la telaraña, lo mejor es que se den una vuelta por esta página y disfruten de la opinión de dos expertos.

Buenas noches y buena suerte.

22 marzo 2009

La cámara que respira


Ingmar Bergman también tuvo su ópera prima. Se llamó Kris ("Crisis").

Es posible que en cierto sentido Crisis pueda parecer una película más de los años cuarenta -esos profundísimos planos con afilados puntos de fuga o la inevitable voz en off- en conexión incluso con el cine que algunos europeos rodaban al otro lado del charco. Se me antoja sin embargo una película con personalidad, a pesar de que Bergman es Bergman gracias a cosas que vinieron más tarde, a pesar de que renegase considerablemente de ella, a pesar de su frase "Si alguien me hubiese pedido que filmase la guía telefónica, lo hubiese hecho".

Manifiestamente teatral en su concepción del espacio, diálogos y en especial en la orquestación de las secuencias de grupo -el baile y el desenlace final, ante el teatro-, hay sin embargo algunos aspectos que huelen tan familiares como el olor de la empanada de mi madre en el horno al fondo del pasillo. El tratamiento de la angustia y la culpa, y en especial ese personaje desquiciado, Jack (Stig Olin), desprenden aroma a bergmaniano donde quiera que vayan.

Se puede obviar un montaje un tanto extraño y una música de utilización dudosa, pero de lo que es imposible abstraerse es de esa cámara que observa a los personajes que hablan mediante microestructuras de tres o cuatro minutos; primero, a una distancia prudencial; luego inquisitivamente en plano medio; una vez resuelta la tensión, se abre de manera abrupta y la respiración contenida se relaja en un largo suspiro.

No pude evitar recordar con una sonrisa a Javier Cámara y a su magnífico personaje en Torremolinos 73, el más dulce y divertido homenaje a Bergman que se pueda imaginar. Y también, así, con pirueta imposible, la primera película del sueco que vi en mi vida. Muy pocos añitos, Navidad, y me encontraba con mi padre en el siempre gélido salón de la casa de mi abuelo materno. Un ventarrón del norte como sólo los hay allí sacudiendo las ventanas y unos ojos como platos mirando con desconcierto Fanny y Alexander.

(Sí, hubo una época donde la tele pública ponía películas así en hora punta. Créanselo).

19 marzo 2009

En vivos colores rojizos

Ahora que la promoción de Los abrazos rotos está hasta en la sopa, deléitense con la sabiduría del joven Alvy Singer quitándose la careta en Libro de Notas y reflexionando sobre la figura de Almodóvar.

Con todos ustedes,

18 marzo 2009

Historias de barrio

Clint Eastwood es autor de una de las obras maestras del cine contemporáneo, Medianoche en el jardín del bien y del mal.

Es también el que filmó El jinete pálido, uno de mis remakes preferidos de siempre. El que concibió esa maravilla llamada Los puentes de Madison. El que firma Sin perdón, la espléndida Cartas desde Iwo Jima, la sentida Bird o la sombría Mystic River.

Sin embargo, no es de ese Eastwood del que quiero hablar hoy.

Creo con sinceridad que en Gran Torino Clint no buscaba ni resumir todos sus personajes en uno, ni homenajear a su pasado, ni filmar su última gran película "crepuscular" -qué gastado se nos ha quedado el maldito adjetivo-, ni contar "la" historia definitiva sobre la intolerancia o sobre la sociedad americana. Todo lo dicho forma parte de lo mucho que se ha escrito ya sobre ella, pretendiendo dotar a la película de una profundidad que sencillamente no posee o, más aún, de una intencionalidad que probablemente su autor nunca buscó. No hay segundas lecturas en Gran Torino. La lectura es clara y meridiana.

Eastwood no escribe sus guiones, los elige. Tampoco trabaja siempre con los mismos guionistas. En ocasiones le han proporcionado textos magníficos; en otras, no tanto. Con algunas historias se ha implicado mucho y ha dado lo mejor de sí, aunque casi siempre, en todas -incluso en sus películas más flojas, que también las hay- prevalece su buen olfato para la puesta en escena, esa que permite que su trabajo de dirección sea siempre delicado, sensible, sobrio y equilibrado. El guión en el que se basa Gran Torino no está ni de lejos entre los mejores que ha tenido entre sus manos, rayando la simplicidad más absoluta en varias ocasiones. A cambio podemos decir, sin temor a equivocarnos, que su lenguaje es cercano e inmediato, que su mensaje es muy emotivo, que es cálida con el espectador. Sencillo y certero, tal vez. Incluso que alguno de sus detalles de brocha gruesa poseen a cambio una funcionalidad indudable, una economía de medios y explicaciones que a veces también es de agradecer, por contradictorio que parezca este alegato antisutilezas. Ejemplo de esa economía de guión, por citar un caso, son esos diálogos iniciales en la iglesia donde a todas luces los hijos de Kowalski no cuchichean "de veras" entre ellos sino que están proporcionando una ingente cantidad de información al público sin disimulo alguno, ahorrándonos una larga introducción y permitiéndonos conocer al protagonista en cuestión de segundos. Claro que estos recursos no siempre valen.

Por algún motivo también en los concienciudos análisis publicados sobre la película se ha querido obviar el marcado espíritu cómico que posee, como si ello le otorgase casi de forma inmediata esa temida etiqueta de "menor" (maldita, maldita etiqueta también). No es una comedia en su construcción pero sí en su carácter durante tres cuartas partes del metraje. La comicidad la construye el Eastwood actor con sus escasos y meditados gestos, gruñendo más que mi abuelo en sus mejores tiempos. Una comicidad que nace de un ceño fruncido y la mirada cómplice de los que estamos en la butaca, que sabemos de buena tinta que el viejo racista cascarrabias esconde un buen corazón. Tras ofrecernos algunos de los momentos más relajados y felices que Eastwood haya podido filmar en toda su vida, en la proximidad del desenlace se aleja a pasos agigantados de este tono y por ello sacude al espectador en su butaca de la forma en que lo hace.

Gran Torino es muy divertida, conmovedora y ligera. Es un pequeño milagro de quien controla bien los resortes del tempo narrativo, convirtiendo algo con menos miga de lo que parece en dos horas livianas que transcurren en un suspiro. Y, finalmente, el momento más tierno y emocionante se lo reserva el director para sí mismo en un precioso plano: la (furtiva) lágrima del hombre abrumado por las circunstancias en la soledad de la noche, hundido en su sofá.

11 marzo 2009

La otra mitad del Che

No quisiera repetirme sobre lo que ya dije tras el estreno de Che. El argentino, pero bien es cierto que prácticamente todo ello sigue en pie ahora. Sin embargo, escribí aquel post con la sensación térmica del momento sin saber que luego, pasados los días, la película crecería y crecería en mi interior como una hiedra engullendo un muro de granito.

Anteayer acudí a ver Che. Guerrilla con la impresión de que había sido el día anterior y no cinco meses atrás cuando había visto las dos primeras horas de metraje. Me encontré nuevamente con Guevara en persona, y no con un actor que lo interpreta. Reencontré también a algunos de los rostros anteriores y conocí a otros nuevos. Pero sobre todo, sentí que habían pasado algunos años en la cronología de la historia pero puede que un abismo por los ojos y la mirada del protagonista.

Aunque con completa coherencia estilística respecto a su predecesora, Che. Guerrilla ya no es una película-puzzle, como Che. El argentino, sino un trayecto lineal de dirección inequívoca e inevitable, con la música de Alberto Iglesias zumbando cual mosca inquieta en un día de demasiado calor. Comparten misterio y cripticismo, y para cripticismo, el de esa escudriñadora mirada final de Guevara a Fidel.

Sólo una voz en la butaca vecina evitó que rompiese a llorar cuando la voz de Mercedes Sosa resonó entre las montañas de Bolivia. Porque era allí donde yo me encontraba...



07 marzo 2009

¡Revelador!


¡Premonitorio! ¡Revelador! jejeje

Si quieren saber más, sigan leyendo a El Guionista Hastiado y vean de dónde sale esta traviesa monja con tan buena intuición.

Buen fin de semana a todos.

01 marzo 2009

Killer of sheep

La vida de un barrio negro en el extrarradio de Los Ángeles a ritmo de jazz y blues es lo que Charles Burnett retrata en "Killer of sheep" (EEUU, 1977). Poesía y una cierta tristeza en una obra cuyo valor trasciende lo artístico, irrumpió en el mundo al tiempo que el público se divertía en las salas con "Star Wars" o "Fiebre del sábado noche".

"Killer of sheep" es hija por completo de su director, quien se encargó de todos los aspectos técnicos y artísticos de la misma. Así comenzó el largo camino de una película que, en el transcurso de treinta años, fue logrando subir escalones: algunos premios, una creciente fama y un incansable boca a boca y la inclusión en el National Film Preservation Board de los Estados Unidos por el congreso en 1990. En 2007 ha logrado tener por fin un estreno comercial, gracias en parte a la intervención de Steven Soderbergh, quien puso de su bolsillo la mitad del dinero necesario para pagar los derechos de autor de la preciosa banda sonora. Gracias a eso, la película de Burnett ha tenido ese acceso al gran público (edición en DVD incluida) que no tuvo treinta años atrás.

Más allá de mis sensaciones tras el visionado de la película -que en ocasiones me ha hecho recordar a algunos aspectos de "En construcción", de Guerín-, me fascina pensar en un film cuya leyenda haya podido trascender de esa forma siendo su camino hacia la luz tan largo y árduo. Esto me ha recordado a la anécdota de Chris Marker y sus amigos aquel día en la filmoteca francesa desempaquetando y descubriendo por sorpresa todas aquellas películas rusas de los años 30 de las que no tenían ni la menor idea de su existencia. ¿Cuántos tesoros pueden permanecer ocultos debajo de la alfombra?

No dejen de leer más sobre ella aquí.

25 febrero 2009

Independencia


Independiente.

Es una palabra que a menudo en los medios de comunicación (especializados o no) se tiene en la boca, como si fuese una suerte de término mágico que convierte en virtuoso todo aquello a lo que acompaña. Cine independiente, dicen. Festivales de cine independiente. Producción independiente. Director "indie". Actores "indie".

En los viejos tiempos se llamaba "independiente" a aquel cine que se producía fuera de los circuitos de los grandes estudios hollywoodienses, es decir, donde el cineasta en cuestión buscaba financiación por su cuenta y riesgo. Puesto que salvo contadas excepciones un tejido industrial cinematográfico tan fuerte existe en muy pocos lugares del mundo, diríamos que la gran mayoría del cine que se produce a lo largo y ancho del planeta es independiente. No lo respalda un gran estudio.

En las cinematografías cercanas a nosotros el concepto independiente se vuelve aún más difuso. ¿No es acaso la política de subvenciones generalizada en España o Francia, por citar sólo dos casos? En el arranque de cualquier producción, por nimia que sea, aparecen los consabidos letreros que nos indican qué entidades públicas o televisiones han puesto su dinero. Así pues, no existe el concepto no-hollywoodiense de independencia, puesto que aquí, en mayor o menor medida, dependientes parecen ser todos. Es más, en ciertos países europeos no existe ninguna película que no esté subvencionada al cien por cien por el Estado. No se crean que en cualquier lugar del mundo se producen al año tantas películas como aquí. En algunos una docena y gracias.

Vista la complicación de lidiar con semejante etiqueta, muchos apuestan por tildar de independiente a cualquier película de presupuesto pequeño. Este segundo concepto es el más extendido y también acarrea errores importantes. Por ejemplo, en ocasiones la película es pequeña pero luego resulta que un pez gordo se encarga de distribuirla en determinados países (luego ya hay una dependencia). También en ocasiones la "pequeñez" de una película es una cantidad complicada de medir y valorar. ¿Es "Slumdog millionaire" una película "pequeña"? Bueno, según se mire. Para los parámetros americanos desde luego. Pero los parámetros americanos no están ni remotamente cerca de la mayoría de las industrias cinematográficas del mundo.

Pero el asunto final está en lo que la palabra "independiente" parece llevar consigo. Según esto, parece que hay mayor creatividad, más calidad y menos tópicos en el cine independiente. Me niego en redondo a aceptar ninguno de estos aspectos, porque he visto cientos de películas a lo largo de mi vida baratísimas y de pésima calidad, plagadas de tópicos como las que más, o incluso, con sus propios tópicos. Porque el cine pequeño también acumula, y mucho, sus propios clichés.

Las películas son buenas, malas o grises en función de un sinfín de factores, una especie de conjunción cósmica, casi nunca dependiente por completo del dinero, sea éste mucho o poco. A lo largo de la historia del cine ha habido decenas de directores magníficos, auténticos maestros que han enseñado a generaciones enteras de restantes cineastas, y vivían, respiraban y se movían dentro de los estrechos muros de Hollywood. También lejos de allí cada cinematografía ha creado y desarrollado sus propios mitos y leyendas, sus propios maestros, y hoy día casi podemos decir que las barreras nacionales están cayendo por doquier y que el planeta entero es un gran plató cinematográfico, donde la coproducción está al orden del día, coproducciones entre muchos, si me apuran; en definitiva, hacia un modelo de producción cinematográfica completamente diferente. La verdad es que hoy día nadie distingue a aquella película de Ford que costó una pasta de otra de, por ejemplo, Rosellini, que pudo costar cuatro duros. La historia las habrá colocado en su justo lugar: en el de las películas buenas.

Finalmente, entonces, ¿qué es cine independiente? Para mí, el de aquellos creadores de fuerte personalidad que ofrecen algo más que los restantes; aquellos que, de manera inquieta, buscan otras formas de expresión, o bien los que con los mimbres clásicos de siempre, han sabido trascender por su forma de exploración de la naturaleza humana. Así, con perdón, Steven Spielberg puede que sea el cineasta más independiente de la tierra, porque él se lo guisa y él se lo come, tan a gusto y tan como le dé la gana, aunque nade en una piscina llena de monedas de oro como el tío Gilito. ¿En el polo opuesto? Pues por ejemplo Pablo Llorca, director que también se lo guisa y se lo come a su manera, que se busca las habichuelas para distribuir sus propias películas. No pueden estar más alejados en tantas cosas, pero algo les une: son independientes.

Nadie les dice qué es lo que tienen que hacer.

23 febrero 2009

Curiosidad

Lo puse como comentario en el post anterior pero ahora me lo pregunto en serio. Me lo decía Fanshawe en clave de humor: ¿cómo ha conseguido Danny Boyle cargarse a Loveleen Tandan como co-directora de la película? Y es que nominada no estaba, al escenario no subió con él y en los créditos de la película aparece...

Quiniela

Pues para no faltar a la tradición de todos los años, dejaré por aquí la quiniela de la noche. Que no se diga.

La primera, lo que yo votaría (entre los nominados, claro, ¡que de lo contrario otro gallo cantaría!):

Película: "Frost/Nixon"
Actor: Frank Langella por "Frost/Nixon"
Actriz: Meryl Streep por "La duda"
Actor secundario: Robert Downey Jr. por "Tropic Thunder"
Actriz secundaria: Penélope Cruz por "Vicky Cristina Barcelona"
Director: S. Daldry por "The Reader"
Guión original: "Escondidos en Brujas"
Guión adaptado: "La duda"
Película de habla no inglesa: "La clase"

La segunda, lo que creo que ganará:

Película: "Slumdog Millionaire"
Actor: Mickey Rourke por "The Wrestler"
Actriz: Kate Winslet por "The Reader"
Actor secundario: Heath Ledger por "El caballero oscuro"
Actriz secundaria: Penélope Cruz por "Vicky Cristina Barcelona"
Director: Danny Boyle por "Slumdog Millionaire"
Guión original: no lo tengo nada claro. Creo que "Frozen River", "Wall-E" y "Escondidos en Brujas" tienen posibilidades parecidas. Apostaré por "Wall-E".
Guión adaptado: "Slumdog Millionaire"
Película de habla no inglesa: Puede que sea la noche de "Vals con Bashir".

Entonces, ¿según esto David Fincher no se comerá nada? Bueno, creo que no... en fin, en unas horas se sabrá. Y lo de Penélope, ¿es tan claro? La verdad es que Amy Adams o Viola Davis están muy bien pero es que el personaje que Allen le regaló decididamente tiene más entidad que cualquiera de los restantes y en la larga lista de premios previos gana por goleada. ¿Montará Mickey Rourke algún numerito? jejeje, quién sabe...

Ah, y el presentador será Hugh Jackman. ¿Mmm?

PD. Que entre las cinco nominadas me haya quedado finalmente después de mucho rascarme la cabeza con la de Ron Howard me da que pensar (y tanto). Poco calor siento en el pelaje este año con los Oscars, así que permitan al menos que me consuele con la más entretenida...

22 febrero 2009

The Wrestler

Todo el secreto de "The Wrestler" está en la tremenda fuerza que emana ese personaje de Randy "The Ram", un tipo bondadoso, sencillo, agotado, hundido, que arrastra con dificultad todos sus kilos de carne y el precio de llevar el cuerpo hasta límites extremos. Él y su universo -los preparativos en los vestuarios, el olor y los gritos del ring, las peleas, la camaradería y amistad entre los del gremio, el respeto profundo hacia los que se han ganado a pulso su estrellato, el aroma a sordidez y decrepitud- se dibujan con colores vivos y honda emoción, pese a nuestra sensación de déjà-vu. Una estupenda Marisa Tomei y una más convencional Evan Rachel Wood perfilan las aristas del luchador, personajes tópicos en su desarrollo y trazado -en especial el de la segunda, a la que le toca lidiar con algunas de las peores líneas de diálogo- pero que ayudan a comprender cómo Randy/Rourke llega hasta ese final.

Hay dos aspectos que ayudan a que "The Wrestler" destile vida: la primera, esa cámara de Aronofsky siempre pegada a las anchas espaldas de su protagonista, que le persigue, inquieta, respirando casi sobre su hombro; la segunda, la precisa plasmación del sufrimiento físico, trabajada a la perfección por la conjunción de maquillaje, luz y la espléndida interpretación de Rourke, que sirvió sin duda para que la película se llevase el gato al agua en Venecia y quién sabe si el Oscar para sus protagonistas esta noche.

PD. Con todo lo que me gusta Springsteen, sospecho que en lo que a bandas sonoras respecta se ha vuelto un tanto acomodaticio. La canción está bien, pero...

Entre alemanes e indios (de la India)

¿Es "The Reader" la confirmación de que Stephen Daldry, como dice mi cuñado, queda bien en cualquier cupo de nominados para los Oscars? ¿Más de lo mismo que en "Las horas" o algo nuevo por el barrio?

Creo que "The Reader" carece del nervio sincero que se sentía en "Billy Eliot", pero también de la afectación profunda y la sensación de hastío de "Las horas". Equilibrada y contenida, con momentos brillantes y otros sólo correctos, me sirve para conocer a David Kross, un muy prometedor actor que no desmerece en absoluto el hecho de compartir plano con esa sutil interpretación de Kate Winslet, una mujer simple, llana, no excesivamente lúcida, instintiva, adusta. Uno de los elementos que resta frescura y fuerza a "The Reader" es ese afán (que comparten tantas películas) de dejar todos y cada uno de los cabos que abren en el guión atados y bien atados. A veces es mejor no empecinarse en cerrar cada línea, cada surco, o las películas se pasan media hora terminándose.

En "Slumdog Millionaire" tenemos a un Danny Boyle cien por cien él mismo, fiel a su manera de narrar y con todos sus tics habituales -los que pueden gustar y los que decididamente no-. De producción impecable, a quien esto escribe le parece que esta historia es tan Hollywood como la que más, o incluso más, si se me permite decirlo, por estar su tono de fábula moral y de cuento de hadas elevado a la enésima potencia. Cierto hastío visual, discutible dibujo de personajes y finalmente algo de tedio me hicieron abandonar el esfuerzo por encariñarme con el desventurado protagonista. Sin duda lo más interesante es su premisa de partida y algunos aspectos decididamente originales, además de los créditos de despedida y una banda sonora de funcionalidad indiscutible.

18 febrero 2009

Secreto compartido

"Escondidos en Brujas" es nuestra favorita de las presentes en el ya muy próximo reparto de estatuillas doradas.

Ah, que sólo está nominada al guión...
No nos importa, ¡la queremos igual!
"There's a Christmas tree somewhere in London with a bunch of presents underneath it that'll never be opened. And I thought, if I survive all of this, I'd go to that house, apologize to the mother there, and accept whatever punishment she chose for me. Prison... death... didn't matter. Because at least in prison and at least in death, you know, I wouldn't be in fuckin' Bruges. But then, like a flash, it came to me. And I realized, fuck man, maybe that's what hell is: the entire rest of eternity spent in fuckin' Bruges. And I really really hoped I wouldn't die. I really really hoped I wouldn't die".

Colin Farrell como Ray en "Escondidos en Brujas" ( "In Bruges", Martin McDonagh, 2008)

17 febrero 2009

Pues para qué negarlo

Puede que Ron Howard sea uno de los directores más vilipendiados por la crítica mundial e incluso por sus propios compatriotas, cuyos académicos suelen respaldar sus proyectos cinematográficos pero que es acogido entre el público siempre con cierto choteo -pese a una evidente rentabilidad en su carrera comercial en términos generales-. Para aclararnos, Howard es algo así como el Garci americano. Muchos de sus compañeros de profesión le aprecian y al hombre no le va mal pero hasta en los Simpson se lo toman a cachondeo, llamándolo Ronny Howard con condescendencia. De todo esto se deduce que el pobre hombre seguramente es un bendito y aguanta carros y carretas de puro buenazo, me apuesto los bigotes.

Yo que me aburrí hasta la saciedad con "Apolo 13" y con "Cinderella man" y resoplé lo indecible con el desenlace de "Una mente maravillosa", me confieso sorprendida ante "Frost/Nixon" (o como la han titulado aquí, "El desafío: Frost contra Nixon"). De esquema y guión de manual, con puntos de giro y detalles calcados al de miles de películas del mismo ramo, casi ejemplo de un cómo se hace para enseñarlo en una escuela de cine -por manido, no por genial-, lo esencial de ella es que saca a relucir como en pocas ocasiones algo que en tiempos del Hollywood clásico daban en llamar "el oficio del artesano". En efecto, "Frost/Nixon" no carece de una cierta infantilización del cine americano de género ni tampoco de algunos personajes florero (Rebeca Hall) pero posee en cambio otras virtudes que han hecho a la industria del otro lado del charco tan potente como para conquistar el mercado planetario: tremendamente entretenida, hábil e intensa, dos horas en un suspiro, apoyadas en un ajustado Michael Sheen y un soberbio y entregado Frank Langella, inmejorable encarnando al villano Nixon. Podríamos añadir que además, por una vez, no se trata de que venza el bien, sino la ambición, ya que el duelo del periodista Frost con su oponente no persigue que se haga justicia ante la opinión pública sino que es meramente un reto a su ego personal.

Así pues, sin complejos: me lo he pasado bien.

08 febrero 2009

El curioso caso de David Fincher

Demostrando que sigue dispuesto a desconcertar al personal con sus elecciones como director, Fincher se mete en faena en esta ocasión con una peculiar historia de amor, "El curioso caso de Benjamin Button", que me ha dejado bastante fría (a diferencia de lo que me sucedió con "Zodiac").

No deja de ser llamativo que lo único que de veras avanza en una película de casi tres horas es el tiempo, porque casi todo, desde su arranque, parece claramente escrito de antemano. Benjamin es uno de los personajes protagonistas más pasivos del cine norteamericano reciente. Es muy elevado también el número de minutos de metraje que transcurren como mera ilustración de lo que Benjamin narra en off, hasta el punto de que la película completa llega a parecernos una ensoñación; nos la quieren contar, pero no quieren dejarla transcurrir, y hay poco tiempo para narrar una vida entera de esta extraña forma... ¡y eso que se basa en un relato corto!

La mezcla de absoluta convencionalidad y a su vez la chocante concepción de esta historia la convierten, desde ya, en un curioso experimento.

07 febrero 2009

La duda

Curioso el caso de John Patrick Shanley. Dirigió aquella película bastante marciana llamada "Joe contra el volcán" (sí, desempolvad de vuestra memoria aquellas carátulas de videoclub). En el 2005 gana el premio Pulitzer por su obra de teatro "Doubt", llevada con éxito a los escenarios. Miramax entra en juego y le ofrece llevar al cine su propio texto. Me puedo imaginar a los hermanísimos Weinstein maquinando qué película sería su particular apuesta del año para ese circo de brillantes estatuillas doradas...

De "La duda" me fastidia la planicie de su realización, por la oportunidad perdida. Pero me apasiona su interesantísimo juego del gato y el ratón. Aunque quizá tenga razón aquel oyente que decía que en el fondo Guardiola como entrenador no era para tanto, puesto que sacar a Messi para solucionar un partido cuesta arriba no tenía mucho mérito. Pues lo de Shanley, igual. Jugar con Streep y Seymour Hoffman es, como mínimo, igualito que jugar en casa. ¡Como mínimo!

06 febrero 2009

Revolutionary Road

Todos aquellos que gusten del espíritu Tennessee Williams en su vertiente cinematográfica están de enhorabuena. Sam Mendes, cuyo caldo de cultivo es el teatro, ha sabido dotar a su última película, "Revolutionary Road", de ese halo de ciertas películas del Hollywood dorado (no hablo del contexto histórico en el que se desarrolla la película, sino de su carácter) donde todo reposa sobre el texto y sobre los rostros que le dan vida. Una historia, ante todo, hablada; sin embargo, se opta por un lenguaje cien por cien cinematográfico y no teatral, aunque renuncie casi siempre a apoyarse en la imagen: lo que se dice y cómo lo dicen sus actores -en estado de gracia- son los vehículos principales para comunicar emociones, salvo contados momentos del metraje.

El espectador no piensa, el guionista lo piensa todo por él. Esa curiosa cualidad puede ser virtud o defecto, según se mire, según disfrutemos de sacar nuestras propias interpretaciones sobre las emociones que viven los personajes o de que nos abofeteen con ellas de manera directa. En cualquier caso, sorprende un Mendes bastante alejado del esteticismo de "Road to Perdition" o incluso de "American Beauty". Una puesta en escena más desnuda y fría, más limpia, menos afectada.

Enésima visión del fracaso del sueño americano, uno de los puntos fuertes de "Revolutionary Road" radica en el interesante contrapunto que su personaje femenino principal, el de Winslet, ofrece a su oponente, DiCaprio. Éste da vida a un crispado y cretino marido de genuina mentalidad americana años 50; maneja un código ético que conocemos bien. Winslet sin embargo encarna a una mujer entre dos tiempos, cuya indefinición, ansiedad y permanente estado de búsqueda interna servirá como motor de la historia. Ese desconcierto que provoca confrontar dos caracteres divergentes que están convencidos de merecer un destino mejor que el que tienen servirá para desplegar un dramón en toda regla que, por fuerza, sólo puede estallar en algún momento.