Kevin Smith titulaba
Mallrats a esa película suya que va precisamente de eso: de las "ratas del centro comercial". Es decir, de las legiones de adolescentes en Norteamérica que han convertido el centro comercial (el
mall) en su lugar de ocio, el punto natural de encuentro, el sitio donde pasar la tarde, comer palomitas, hamburguesas y perritos calientes, ligar y ver cine.
Ya hace un par de décadas que ese modelo ha traspasado fronteras y hoy cualquier ciudad europea -y por supuesto las españolas- tiene un centro comercial construido a imagen y semejanza del
mall americano. Todavía sobreviven cines a la vieja usanza pero son ya tan pocos que los observamos con una mezcla de nostalgia, lástima infinita y sobre todo, extrañeza, como quien contempla a un animal hermoso en
peligro de extinción. Aquí, donde vivo, existe también esa dualidad: un viejo cine que malvive en pleno centro y un gran complejo cinematográfico a las afueras, quintaesencia del
mall con pinta de sobrevivir bastantes años más. Sobra decir a estas alturas que este modelo de consumo ha transformado el cine tal y como lo conocían las generaciones anteriores, ha cambiado el tipo de películas que se hacen y cómo se venden, y ha reconducido a la industria de Hollywood hacia el sector que abarrota esas salas: las ratas del
mall. Dicho, claro está, con todo el cariño.
Pero me pierdo en divagaciones. Lo que venía a cuento es que hoy he intentado convertirme en una rata de
mall, mimetizándome con el entorno, aunque he fracasado por culpa del peregrino y absurdo horario de autobuses. El plan era claro: programa doble,
Terminator Salvation y
Star Trek, con una (¡obligatoria!) degustación entre pase y pase de comida rápida. Comida rápida de verdad, de la realmente rápida, de la peor. Pero la cosa se truncó y se quedó sólo en el visionado de la primera de ellas.
Miren por dónde,
Terminator Salvation me sirve en cierto modo como paradigma de toda esta transformación presenciada a lo largo de mi vida. En los ochenta
Terminator todavía era una película de ciencia ficción. Sí, ciencia ficción entendida al estilo de su década, no a la de Stanislaw Lem; ciencia ficción con sus efectos especiales, su protagonista de cine de mamporros, su
look ochentero, todo lo que quieran. Pero todavía "iba de eso". Personalmente me gusta esa primera película de Cameron e incluso la muy alocada y a ratos hortera segunda parte, aquella donde la muchachada alucinaba en colores con lo malísimo que era Robert Patrick, con lo guapete que era Edward Furlong, con la música jevarra y con el terminator malo volviéndose líquido... ¡o lo que quisiera! Era peor, pero con más adrenalina. Nuevos vientos.
No sé si alguien recuerda la tercera parte. Podríamos olvidarla sin problema alguno. Ni la vieron demasiados ni trascenderá lo más mínimo, a pesar de la rubia.
Ahora llega
Terminator Salvation, más de veinticinco años después de aquello, y la protagoniza Christian Bale. Que ya no es el Bale de hace tres años, ahora es una estrella de las de verdad. Buscaban a un tipo carismático para hacer de John Connor. En la cuarta de la saga no está Schwarzenegger; no hay ciencia ficción, hay acción. Acción a destajo, en plan salvaje. El mundo del videojuego, del cómic y una cierta esencia de todas las películas
del ramo de la última década se han metido en la saga llenándolo todo, y haciéndonos abrir los ojos con asombro al ver cómo la industria, una vez más, sabe reinterpretar, deglutir y devolver al espectador todo lo que se cuece en cada momento con precisión milimétrica. Su espíritu remite al pasado, la saga se fagocita a sí misma y se vuelve autoreferencial, en un ejercicio infinito que,
cada vez más, presenciamos a diario en las franquicias americanas.
Ah, ¿y de cine qué? Bueno. De eso hablamos otro día. Pero no vean cómo me lo he pasado.