
Pues.
Me cuento entre los que no les gustan las películas de caballos. Spielberg, no entiendo por qué has hecho War Horse. Y a lo mejor te ha salido un peliculón y todo, pero es que es superior a mí. Se me escapa lo de la locura americana por contar este tipo de historias. Y son muchas, ¿eh? Cada año sale una del género...
Enredando con el ovillo me puse a pensar que en realidad los caballos en el cine, cuando no son los protagonistas, son geniales. Fíjense si no con qué lucidez William Wyler dejó bien clara la lucha entre el Bien y el Mal: los caballos de Messala eran oscuros, los de Judá Ben-Hur blancos impolutos. ¿Una simbología simple? Sí, pero extraordinariamente eficaz. Y bella.

Sí, el caballo blanco del héroe. Ya lo era el de Santiago Apóstol y bla bla bla. Cuando por fin el Pirata Roberts se lleva a la chica en La princesa prometida su caballo es, por supuesto, inmaculadamente blanco, como también lo era el de Atreyu en La historia interminable.
No sólo en Ben-Hur los caballos son el reflejo de la personalidad de su dueño. David Lean, que viste a Peter O'Toole de blanco y a Omar Shariff de negro para tomar Aqaba, coloca en tierra de camellos a Auda (Anthony Quinn) sobre un impresionante caballo blanco de crines cuidadosamente arregladas después de la escena del tren. Representa la nobleza de una raza, el orgullo, la bravura.

Podríamos citar infinitos ejemplos. Pero les voy a contar dos de mis escenas de caballos favoritas: una (malvada), la del caballo de la repelente Bonnie, la niña de Escarlata O'Hara, desencandenando la tragedia; dos, Marilyn llorosa desatando a los que con tanto esfuerzo y agonía Clark Gable había conseguido capturar en The Misfits. El primer caballo sirvió para que su pequeña amazona lo utilizase de portada de un libro y se ganase unos dólares. Los segundos, sencillamente, para que nos sea imposible no amar desesperadamente el cine de John Huston.


Me cuento entre los que no les gustan las películas de caballos. Spielberg, no entiendo por qué has hecho War Horse. Y a lo mejor te ha salido un peliculón y todo, pero es que es superior a mí. Se me escapa lo de la locura americana por contar este tipo de historias. Y son muchas, ¿eh? Cada año sale una del género...
Enredando con el ovillo me puse a pensar que en realidad los caballos en el cine, cuando no son los protagonistas, son geniales. Fíjense si no con qué lucidez William Wyler dejó bien clara la lucha entre el Bien y el Mal: los caballos de Messala eran oscuros, los de Judá Ben-Hur blancos impolutos. ¿Una simbología simple? Sí, pero extraordinariamente eficaz. Y bella.

Sí, el caballo blanco del héroe. Ya lo era el de Santiago Apóstol y bla bla bla. Cuando por fin el Pirata Roberts se lleva a la chica en La princesa prometida su caballo es, por supuesto, inmaculadamente blanco, como también lo era el de Atreyu en La historia interminable.
No sólo en Ben-Hur los caballos son el reflejo de la personalidad de su dueño. David Lean, que viste a Peter O'Toole de blanco y a Omar Shariff de negro para tomar Aqaba, coloca en tierra de camellos a Auda (Anthony Quinn) sobre un impresionante caballo blanco de crines cuidadosamente arregladas después de la escena del tren. Representa la nobleza de una raza, el orgullo, la bravura.

Podríamos citar infinitos ejemplos. Pero les voy a contar dos de mis escenas de caballos favoritas: una (malvada), la del caballo de la repelente Bonnie, la niña de Escarlata O'Hara, desencandenando la tragedia; dos, Marilyn llorosa desatando a los que con tanto esfuerzo y agonía Clark Gable había conseguido capturar en The Misfits. El primer caballo sirvió para que su pequeña amazona lo utilizase de portada de un libro y se ganase unos dólares. Los segundos, sencillamente, para que nos sea imposible no amar desesperadamente el cine de John Huston.



1 comentarios:
Estoy contigo. No puedo con las películas de caballos, pero algunas escenas de caballos son espectaculares.
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