
Hace varios meses (¿mayo?) estuve en el único cine de esta ciudad donde todavía es posible ver algo que no sea Superhéroe 5 y Comedia Romántica 3. O sea: un cine de verdad, donde cuando miras la nacionalidad de la película en exhibición te puedes encontrar, atención, ¡cualquier país del mundo! Hay un distribuidor suicida que se encarga de la programación y te obsequia con todo aquello que siempre deseaste encontrar en otros cines y que nunca creíste que llegarías a poder ver.
Es una sala muy pequeña. Tendrá sesenta o setenta butacas, no lo sé. Está en un lugar un poco escondido, no da a una calle cualquiera. Hay mucho descampado alrededor, aparcamientos de zona azul, un par de carreteras que salen hacia circunvalaciones o cinturas o autovías o lo que sea.
El gato de callejón que escribe esto mordisquea sin problema cine de cualquier tipo: lo mismo te lo encuentras sentado entre butacas completamente cubiertas de palomitas que en un rinconcillo como el descrito. Y tanto en uno como en otro, le encanta observar al público que está en la sala. Por si hay un perfil, ya sabeis. Una tipología.
Puedo decir con orgullo que en este pequeño cine el Arte (así, con mayúsculas) ha conseguido lo que no consiguen cineclubes, festivales y críticas sesudas: atraer a cualquier público. Seguro que más de un cineasta con conchas/palmas/espigas/osos/leones dorados ha pensado, más de una vez, que lo que le gustaría es ver una sala llena. Que está bien que a Jonathan Rosenbaum tu película le parezca exquisita, pero ojalá fuesen a verla personas normales (¡ja!), no sólo aquellos que se rasgan las vestiduras al ver un cartel del Capitán América o sienten sudores fríos ante una de Jennifer Aniston. Vamos, ¡espectadores del mundo real!
Así, se mezclan en esta sala impunemente universitarios desorientados, gafapastas de sofá a cuadros y pipa, niños con cresta, señoras que tienen bolsos más grandes que la butaca y abuelos de barrio. Estos últimos son mis preferidos: son el espectador que yo querría tener si fuese cineasta.
A los abuelos de este barrio nadie les ha contado que el cine ha cambiado. Que ahora ya no se estila eso de poner pelis de todas partes, una de vaqueros, un musical, una francesa, una comedia italiana, un dramón religioso español con niño prodigio dentro. Nadie les ha dicho que fuera de su barrio existen gigantescos multicines con veinte salas donde pueden ver diez copias idénticas del niño mago o de la linterna verde o de la cosa esa de Justin Timberlake y Mila Kunis, y sólo eso, y nada más que eso. Ellos van al cine que está cerca de su casa, sin más, porque pone películas. Porque es el que está al lado. Porque les encanta que les cuenten historias y pasan un par de horas entretenidos. No les importa que la peli sea china o sudafricana, que la firme Monte Hellmann o Alexander Sokurov, que sea una de Renoir del año en que se casaron, o una peli a la que le dieron un Oscar pero que nadie fue a ver. Mis abuelos de barrio se sientan y absorben las imágenes con absoluta felicidad, al igual que yo, porque estamos en el Cine.
Aquel día, antes de que cerrasen la sala ante la llegada del verano, ponían Le quattro volte. Es una película italiana que ha dejado tibios a muchos pero que a los ingleses les ha encantado. A mí personalmente me gustó. Cuatro episodios, un hilo conductor sencillo (el ciclo de la vida), una mezcla hermosa de costumbrismo, comedia, tristeza, ensayo, tradición. Una película sin diálogos, con muchos planos fijos lejanísimos, donde se describen enteras situaciones a muchos metros de distancia durante varios minutos. Ligera, divertida, pero en fin, bastante diferente al código estándar mainstream.
¿Les importaba esto a los espectadores de aquella tarde? Mis abuelos no pestañeaban. Contemplaban con curiosidad todas esas cabras que Michelangelo Frammartino había rodado con mucho sentido del humor. Se reían con la escena de la procesión, permanecían silenciosos con el episodio del animal perdido en el bosque. Comentaban que esto o aquello también se hacía en el pueblo de fulanito. Cuando el pastor muere se quedan muy muy callados, hasta que uno no aguanta más.
-¿Qué pasa?
-Creo que se ha muerto.
-¿Se ha muerto?
-Sí, por eso van las cabras...
Luego se confirman sus sospechas.
-¿Ves?
-Sí.
En definitiva: la de las cabras les gustó (algunas de las cabras son mejores actrices que muchas profesionales), y si yo fuese Frammartino, estaría contento.
No siempre les gusta lo que el Distribuidor Suicida les ha traido. Tampoco a mí. Pero al menos, oigan, puedo elegir verlo.
Es una sala muy pequeña. Tendrá sesenta o setenta butacas, no lo sé. Está en un lugar un poco escondido, no da a una calle cualquiera. Hay mucho descampado alrededor, aparcamientos de zona azul, un par de carreteras que salen hacia circunvalaciones o cinturas o autovías o lo que sea.
El gato de callejón que escribe esto mordisquea sin problema cine de cualquier tipo: lo mismo te lo encuentras sentado entre butacas completamente cubiertas de palomitas que en un rinconcillo como el descrito. Y tanto en uno como en otro, le encanta observar al público que está en la sala. Por si hay un perfil, ya sabeis. Una tipología.
Puedo decir con orgullo que en este pequeño cine el Arte (así, con mayúsculas) ha conseguido lo que no consiguen cineclubes, festivales y críticas sesudas: atraer a cualquier público. Seguro que más de un cineasta con conchas/palmas/espigas/osos/leones dorados ha pensado, más de una vez, que lo que le gustaría es ver una sala llena. Que está bien que a Jonathan Rosenbaum tu película le parezca exquisita, pero ojalá fuesen a verla personas normales (¡ja!), no sólo aquellos que se rasgan las vestiduras al ver un cartel del Capitán América o sienten sudores fríos ante una de Jennifer Aniston. Vamos, ¡espectadores del mundo real!
Así, se mezclan en esta sala impunemente universitarios desorientados, gafapastas de sofá a cuadros y pipa, niños con cresta, señoras que tienen bolsos más grandes que la butaca y abuelos de barrio. Estos últimos son mis preferidos: son el espectador que yo querría tener si fuese cineasta.
A los abuelos de este barrio nadie les ha contado que el cine ha cambiado. Que ahora ya no se estila eso de poner pelis de todas partes, una de vaqueros, un musical, una francesa, una comedia italiana, un dramón religioso español con niño prodigio dentro. Nadie les ha dicho que fuera de su barrio existen gigantescos multicines con veinte salas donde pueden ver diez copias idénticas del niño mago o de la linterna verde o de la cosa esa de Justin Timberlake y Mila Kunis, y sólo eso, y nada más que eso. Ellos van al cine que está cerca de su casa, sin más, porque pone películas. Porque es el que está al lado. Porque les encanta que les cuenten historias y pasan un par de horas entretenidos. No les importa que la peli sea china o sudafricana, que la firme Monte Hellmann o Alexander Sokurov, que sea una de Renoir del año en que se casaron, o una peli a la que le dieron un Oscar pero que nadie fue a ver. Mis abuelos de barrio se sientan y absorben las imágenes con absoluta felicidad, al igual que yo, porque estamos en el Cine.
Aquel día, antes de que cerrasen la sala ante la llegada del verano, ponían Le quattro volte. Es una película italiana que ha dejado tibios a muchos pero que a los ingleses les ha encantado. A mí personalmente me gustó. Cuatro episodios, un hilo conductor sencillo (el ciclo de la vida), una mezcla hermosa de costumbrismo, comedia, tristeza, ensayo, tradición. Una película sin diálogos, con muchos planos fijos lejanísimos, donde se describen enteras situaciones a muchos metros de distancia durante varios minutos. Ligera, divertida, pero en fin, bastante diferente al código estándar mainstream.
¿Les importaba esto a los espectadores de aquella tarde? Mis abuelos no pestañeaban. Contemplaban con curiosidad todas esas cabras que Michelangelo Frammartino había rodado con mucho sentido del humor. Se reían con la escena de la procesión, permanecían silenciosos con el episodio del animal perdido en el bosque. Comentaban que esto o aquello también se hacía en el pueblo de fulanito. Cuando el pastor muere se quedan muy muy callados, hasta que uno no aguanta más.
-¿Qué pasa?
-Creo que se ha muerto.
-¿Se ha muerto?
-Sí, por eso van las cabras...
Luego se confirman sus sospechas.
-¿Ves?
-Sí.
En definitiva: la de las cabras les gustó (algunas de las cabras son mejores actrices que muchas profesionales), y si yo fuese Frammartino, estaría contento.
No siempre les gusta lo que el Distribuidor Suicida les ha traido. Tampoco a mí. Pero al menos, oigan, puedo elegir verlo.

9 comentarios:
Maravilloso.
Glups.
Es usted muy mala persona por contar historias tan tiernas... Que se me humedecen los ojos y tengo una reputación que mantener, caray.
¿Cuál es la dirección de esa sala de cine?
De mayor quiero ser abuelo de barrio para que una gata del callejón me vea con tus ojos. Precioso relato.
¡Gracias a todos!
La Filmoteca de Barcelona también está llena de jubilados del barrio que sólo tienen que pagar 2 euros por entrar.
Y sí, son buenos espectadores, silenciosos, respetuosos, libres de prejucios y de influencias de la llamada "opinión pública". A veces sospecho que ven las películas de la misma manera que cuando eran niños. Son más inocentes que nosotros, y en eso les envidio.
Un saludo desde Barcelona y un lametón gatuno.
ups, quise decir *prejuicios
Anita, aunque sea con tantísimo retraso (por culpa de mi despiste crónico con los comentarios del blog), muchísimas gracias por tu comentario. Si en alguna ocasión me paso por la Filmoteca de Barcelona, pasaré revista al público de la sala... y seguramente descubriré con agrado que algunas cosas buenas que son universales, ¡no importa el país donde estés!
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