16 octubre 2011

Caprichos de la memoria

He visto que entre las películas a concurso en el Festival de Roma se ha colado Un cuento chino, de Sebastián Boresztain. Lo confieso: vi esta película hace unos meses en una sala de cine, y la olvidé casi al día siguiente. Es más, durante todo este tiempo no había vuelto a pensar en ella hasta que, voilá, la prensa italiana me recordó su existencia.

Me pregunto qué mecanismos hacen que nos olvidemos inmediatamente de una película (a veces de alguna muy, muy buena) o que no podamos borrar ningún detalle de ella de nuestra cabeza. En el caso de Un cuento chino podría argüir motivos para el olvido (su previsibilidad, su escasa ambición) pero también para el recuerdo: es agradable, ligera, tiene dos o tres momentos muy graciosos, es una película honesta consigo misma. Y está Darín dentro, que de por sí ya es un motivo para entrar en una sala de cine. Una película en muchos sentidos muy pequeñita -no hablo de dinero- y tal vez por ello exenta de cualquier culpa.

Pero no. Este tipo de análisis no importa un pimiento. Lo que importa es que uno va a ver The Way Back, de Peter Weir, y se pasa semanas hablando de ella, comentando momentos, estableciendo comparaciones, relacionándola con otras películas suyas, hablando de Colin Farrell haciendo de ruso o de que Ed Harris rocks o de que las historias de viajes se salen. De repente te entran ganas de conocer Siberia o de pisar el Tibet. Ni siquiera está entre las mejores películas que él ha hecho, pero qué importa. Se ha colado en tu cabeza, y se ha colado para quedarse.

Hay un tercer tipo de memoria cinematográfica: la de aquella película que nunca viste pero de la que te han hablado. Es más, es posible que te hayan hablado tan bien, o que algún comentario fortuito sobre ella haya tocado quién sabe qué cable misterioso de tu cerebro, que coges y te obsesionas con ella. Ni siquiera has necesitado apuntarla en un papel: sabes que tienes que ver esa película. Buscarla. Entonces ya ninguna navegación por internet es casual, ninguna visita a un sitio con DVDs vuelve a ser lo mismo, ningún ojeo de libros o revistas de cine es inocente. Hasta que des con ella no vas a parar.

Bien, pues eso me sucedió con Rio Conchos. Decir que me gusta el western es decir poco: yo, como el Owen Wilson que ama París en Midnight in Paris, he nacido en pleno Monumental Valley. Al menos espiritualmente. Así que cuando Vigalondo habló de ella en su blog se me quedó ahí, encajada, como mi culo en un asiento de un vuelo canadiense de esos con veinte pasajeros que casi van tocando los picos de las montañas. Quizá fue alguna de sus palabras ("Apocalypsis Now en el Oeste" suena... ¡tremendo!). O tal vez ese fotograma final del incendio, que trae a la mente ecos de mil cosas, desde Quo Vadis hasta Rebecca, qué sé yo, la memoria de un cinéfago es muy caprichosa. Pero el caso es que fue leer y desear ver, así, zas. Rio Conchos pasó a la memoria de las películas que no había visto pero que "conocía", porque en mi cabeza, mientras pensaba en verla, "la veía". Y con todo lujo de detalles.

Un buen día la ví, posada sobre una estantería, inocente.