Mayo fue de cine.
Conocí a Ascanio Celestini, un tipo cuya sola manera de recitar y entonar nos lleva a un teatro pequeño e íntimo, uno de esos teatros escondidos tras una puerta verde con la pintura en mal estado, un teatro que está semioculto en una callejuela sombría y con olor a humedad, un teatro donde normalmente sólo estais tú y otros tres espectadores que tampoco llevan acompañante, un teatro al que le faltan un par de días para cerrar por falta de subvenciones de la Xunta. O del FMI.
Celestini, un talento para observar en las distancias cortas, para dejarse arrastrar por el poder de la palabra y una sonrisa hipnótica.
Todo eso es La pecora nera: la inteligencia, la emoción, la cadencia de una voz.
Conocí a Ascanio Celestini, un tipo cuya sola manera de recitar y entonar nos lleva a un teatro pequeño e íntimo, uno de esos teatros escondidos tras una puerta verde con la pintura en mal estado, un teatro que está semioculto en una callejuela sombría y con olor a humedad, un teatro donde normalmente sólo estais tú y otros tres espectadores que tampoco llevan acompañante, un teatro al que le faltan un par de días para cerrar por falta de subvenciones de la Xunta. O del FMI.
Celestini, un talento para observar en las distancias cortas, para dejarse arrastrar por el poder de la palabra y una sonrisa hipnótica.
Todo eso es La pecora nera: la inteligencia, la emoción, la cadencia de una voz.

No me enamoró Bier en su Hæven, no obstante su interesante propuesta ética; quizá porque pese a que la autenticidad de Mikael Persbrandt y esos dos críos pone los vellos de punta, sobran veinte diálogos trillados, unas gotas de melodrama y mucho, mucho maniqueísmo. Ya soplarán tiempos mejores.
Mayo también regaló Source Code, y con ella probé dos sensaciones encontradas: la primera, el placer de reencontrarme con un film de género bien escrito y bien hecho (lo primero más difícil que lo segundo en los tiempos que corren), una de esas pelis cuyo oficio te complace; la segunda, la sensación de que Duncan Jones podría haberse permitido algo que sí hizo en Moon: ser diferente desde "lo de siempre".
Illusion is the first of all pleasures, rezaba el cartel de Road to Nowhere al pie de las escaleras que bajaban hacia la sala de proyección. Firmaba Monte Hellman, el newyorkino amado por los niños malos del cine americano. Uno de esos tipos que se permiten pasarse veinte años sin hacer cine y seguir siendo recordados (y homenajeados).
Esta carretera nos deja un extraño sabor de boca y repite después de la cena. Un sabor indefinible, ambiguo, chocante. Un laberinto para el espectador que, con el ceño fruncido, se ve obligado a recordar atropelladamente durante el visionado tantos clásicos del noir, tantas femme fatale, tantos Coen y Tarantino y Lynch (y así hasta un número infinito de referencias) que termina por desistir, agotado.
Esta carretera nos deja un extraño sabor de boca y repite después de la cena. Un sabor indefinible, ambiguo, chocante. Un laberinto para el espectador que, con el ceño fruncido, se ve obligado a recordar atropelladamente durante el visionado tantos clásicos del noir, tantas femme fatale, tantos Coen y Tarantino y Lynch (y así hasta un número infinito de referencias) que termina por desistir, agotado.
El Sorrentino que presentó su obra en la sección oficial de Cannes hacía, diez años atrás y con mucha menos repercusión internacional, películas tan sugerentes como L'uomo in più. Una película de 2001 con un espíritu tan profundamente retro que llegamos a creer que fue rodada en otra época (sobre todo gracias al rostro y la caracterización inmejorable de Andrea Renzi como futbolista caído en desgracia).
Azar, casualidad, tristeza, decadencia, melancolía... todo ello, contenido en la mirada de un inmenso Toni Servillo.
Azar, casualidad, tristeza, decadencia, melancolía... todo ello, contenido en la mirada de un inmenso Toni Servillo.
Knowledge is the beginning (Alemania, 2005) es el documental realizado por Paul Smaczny a lo largo de varios años de convivencia e investigación personal con la West-Eastern Divan Orchesta, uno de los proyectos personales de Daniel Barenboim más alabados (y controvertidos). Convencional hasta la extenuación como documental, sí, pero caramba, ¡qué intenso ese final en Ramala! Y por increible que parezca que un grupo de músicos necesite transporte blindado, en ocasiones la realidad supera con creces al cine...

I think that the West-Eastern Divan gives us an idea of what the Middle East might be. And I hope that my film helps to illuminate the power of Daniel Barenboim's vision - of a productive and harmonious Arab-Israeli co-existence.Paul Smaczny
(Sería bonito que este deseo se hubiese cumplido también en mayo...)

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