No quisiera repetirme sobre lo que ya dije tras el estreno de Che. El argentino, pero bien es cierto que prácticamente todo ello sigue en pie ahora. Sin embargo, escribí aquel post con la sensación térmica del momento sin saber que luego, pasados los días, la película crecería y crecería en mi interior como una hiedra engullendo un muro de granito.Anteayer acudí a ver Che. Guerrilla con la impresión de que había sido el día anterior y no cinco meses atrás cuando había visto las dos primeras horas de metraje. Me encontré nuevamente con Guevara en persona, y no con un actor que lo interpreta. Reencontré también a algunos de los rostros anteriores y conocí a otros nuevos. Pero sobre todo, sentí que habían pasado algunos años en la cronología de la historia pero puede que un abismo por los ojos y la mirada del protagonista.
Aunque con completa coherencia estilística respecto a su predecesora, Che. Guerrilla ya no es una película-puzzle, como Che. El argentino, sino un trayecto lineal de dirección inequívoca e inevitable, con la música de Alberto Iglesias zumbando cual mosca inquieta en un día de demasiado calor. Comparten misterio y cripticismo, y para cripticismo, el de esa escudriñadora mirada final de Guevara a Fidel.
Sólo una voz en la butaca vecina evitó que rompiese a llorar cuando la voz de Mercedes Sosa resonó entre las montañas de Bolivia. Porque era allí donde yo me encontraba...

1 comentarios:
Gata,de forma más poética que nunca deduzco que la película te ha gustado,lo celebro y tomo nota porque no ví todavía ninguna de las dos partes.
un abrazo
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