
Aparto la vista de la cartelera del periódico con cierto hastío y contemplo la estantería del salón en casa de mis padres. Está llena de mis antiguas cintas de VHS. Cierto que ya las he visto todas -algunas tantas como dedos hay en las dos manos, o más- pero, ¿por qué no repetir? Deslizo el dedo por los títulos y me detengo en una, casi escondida por la sombra del estante superior.
Bogart lleva su gabardina y su inconfundible sombrero. Voz en off. Amistades entre hombres a prueba de bombas. Mafiosos ruines y matones de tres al cuarto. Un misterioso asesinato, y de por medio, como no, una rubia. Cuando John Cromwell la presenta empieza por sus negros zapatos de tacón, asciende por sus medias, y al llegar a su rostro, ella enciende un cigarrillo, girándose hacia nosotros. Recuerda un poco a Bacall: es Lizabeth Scott, con sus pómulos marcados, su delgadez, y su preciosa cabellera, arma letal que usará una y otra vez a lo largo del metraje. Bogart se enamorará de ella porque ella cantó esa canción. ¿Qué vio su fallecido amigo en esa rubia para perder así la cabeza? Claro, son los años cuarenta: los hombres se enamoran de rubias vestidas de negro cuando cantan canciones así. A ritmo vertiginoso, navega hacia un final desesperadamente romántico. Vestida de blanco parecía una buena chica, pero ah, volvemos a desconfiar cuando Lizabeth regresa al negro, ¿traicionará a Humphrey?
A buen seguro que ninguno de nosotros se fiaría nunca de la rubia. Demasiado bonita...

Bogart lleva su gabardina y su inconfundible sombrero. Voz en off. Amistades entre hombres a prueba de bombas. Mafiosos ruines y matones de tres al cuarto. Un misterioso asesinato, y de por medio, como no, una rubia. Cuando John Cromwell la presenta empieza por sus negros zapatos de tacón, asciende por sus medias, y al llegar a su rostro, ella enciende un cigarrillo, girándose hacia nosotros. Recuerda un poco a Bacall: es Lizabeth Scott, con sus pómulos marcados, su delgadez, y su preciosa cabellera, arma letal que usará una y otra vez a lo largo del metraje. Bogart se enamorará de ella porque ella cantó esa canción. ¿Qué vio su fallecido amigo en esa rubia para perder así la cabeza? Claro, son los años cuarenta: los hombres se enamoran de rubias vestidas de negro cuando cantan canciones así. A ritmo vertiginoso, navega hacia un final desesperadamente romántico. Vestida de blanco parecía una buena chica, pero ah, volvemos a desconfiar cuando Lizabeth regresa al negro, ¿traicionará a Humphrey?
A buen seguro que ninguno de nosotros se fiaría nunca de la rubia. Demasiado bonita...


3 comentarios:
Las viejas cintas de vhs...
Sí.
c.
uff, yo no me fio de janfri! (quién se fiaría de un tipo que vive en (la) Casablanca...) fíjate cómo lleva la ceja derecha... si es que seguro que ha vuelto a discutir jugando al escatergoris... con la rubia? debe tener mal perder la tipa esa, jaja
Salud!
p.d: yo no me fio de nadie en blanco y negro: trajeados, camareros y personajes de cine clásico... na! el único que se salva es charlot!
Efectivamente, Cosaco, Bogart se ha ganado unas tortas sin comerlo ni beberlo, ¡y todo por culpa de la rubia! jeje
C., mis cintas de VHS dicen tanto de mí que no te podrías hacer una idea... pero en vez de ponernos nostálgicos, pásate y miramos alguna :)
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