Ahora que al Callejón han llegado un montón de gatos y bichos de otras especies para reunirse en forma de congreso y esto corría el riesgo de quedar sin un solo fotograma que llevarse a la boca, ha acudido el Ropavejero para solucionarlo. Qué casualidad, justo cuando más lo necesitaba, reapareció por la esquina de este oscuro lugar arrastrando sus bolsas. He aquí lo que me contó de "Smoke".
Los escritores que ven sus obras en la gran pantalla suelen quejarse amargamente de lo alejada que está la versión cinematográfica de aquello que ellos tenían en la cabeza cuando hicieron sus novelas. Es ya un lugar común lo del chiste de las dos cabras comiendo rollos de película abandonados en un callejón de Hollywood y una diciendo a la otra: “no está mal, pero me gustó más el libro”. El noventa por ciento de las veces gusta más el libro. Luego hay unos pocos autores que deciden remangarse y llevar su cabeza a las imágenes ellos mismos. Uno de esos pocos es Paul Auster.
El problema en estos casos suele ser la poca destreza, la falta de oficio detrás de las cámaras, como un ciclista jugando al fútbol, vaya. Se resiente el ritmo, la dirección de actores, los enfoques, casi todo lo cinematográfico. Y muchas veces el resultado final es algo sólo comprensible y disfrutable por los incondicionales del escritor, como es el caso de “Lulu on the Bridge”, película dirigida en solitario por Auster y tan extraña y tan falta de mano de director detrás que los no austerianos de pro llegan a sufrir, y mucho, viéndola.
Por eso uno de los grandes aciertos de “Smoke” es contar con una dirección a cuatro manos, de manera que tenemos el talento literario del tío Paul por un lado y el oficio y saber hacer tras las cámaras de Wayne Wang por otro.
Pero da igual. No me interesa hablar de las virtudes técnicas más o menos mayores de esta película. No me importa que se pueda pensar que esta es una de esas clásicas películas en las que “no pasa nada”. No me puede dar más igual que no haya un hilo argumental claro o una presentación, nudo y desenlace clásicos. Me es indiferente.
Porque “Smoke” es una película que tiene la virtud, la habilidad de tocarte puntos de la piel de muy difícil acceso. “Smoke” habla de algo tan impalpable como de lo extraordinario de la normalidad, lleva al espectador al reconocimiento absoluto con alguno, o con todos, de los muchos personajes que pueblan esa pequeña esquina de Brooklyn donde transcurre casi toda la película. Y para eso los directores tiran de dos instrumentos básicos, el sota, caballo y rey de las historias filmadas: unos diálogos estupendos y unos actores magníficos.
Los personajes no son héroes, no son extraordinarios, no son más especiales que todo el mundo, o que nadie en particular. Auggie Wren (Harvey Keitel) tiene un estanco, sigue soltero y trata de vivir bien sin hacer mal a nadie. Paul Benjamín (William Hurt) intenta encontrar las fuerzas para volver a escribir como antes de la muerte accidental de su mujer. Cyrus (Forest Whittaker) intenta rehacer su vida en una vieja gasolinera soñando con que le dejen en paz con su mujer y su hijo pequeño y tratando de desvanecer su pasado de hijo de puta alcohólico. Rasheed (Harold Perrineau) intenta no convertirse en uno más de la mafia de su barrio y sobrevivir mientras busca a su padre. Ni siquiera la tuerta Ruby (Stockard Channing) hace otra cosa que tratar de evitar que su hija se destruya y de no joder la vida ni a sí misma ni a los otros como ha hecho siempre.
Viven, respiran, tienen miedo, son cobardes a veces, nobles otras, se cuentan historias, toman café, a veces salen a bailar, hacen chistes, comentan la política del país, leen, fuman, fuman, rodean todo de una nube de humo que envuelve como manto cálido el día a día de un rincón del mundo que compone los límites de su pequeño universo. Pero sobre todo esta es una película sobre personas esencialmente buenas, donde asistimos al nacimiento de varias amistades, y donde Auggie Wren (que manera de enamorarme de Keitel) funciona como filósofo mitad existencialista, mitad hedonista y casi guía espiritual de cada uno de los que pasa por su estanco, segunda casa para muchos.
Me gusta tanto “Smoke” porque desde que la vi reconozco a sus personajes en cada rincón de mi vida, en cada rincón de la vida de los demás, en mí mismo, en todos nosotros. Me gusta tanto “Smoke” porque me parece que me la cuentan mientras enciendo un cigarro y tomo café.
Me gusta tanto “Smoke” porque no puedo evitar sonreír cuando termina.


2 comentarios:
hace tiempo ví seguidas smoke y blue in the face. Incluso creo que tengo los libros. Recuerdo que me gustaron. Más smoke que blue pero me gustaron.
sin embargo, no recuerdo nada de ambas. Es extraño porque me suele pasar con pelis que me dejan indiferente (las que no te gustan, te acuerdas de ellas) y recordaba que estas me gustaron. Igual es que no y que fue todo cosa del momento.
debo volver a verlas para confirmarlo.
Ropavejero, ¿pero aún no le has respondido a Dr. Malcolm? ¡vagonetas!
jeje
Publicar un comentario en la entrada